Crisis climática ambiental en 2020: Efecto dominó, puntos de no retorno, la COVID-19 y el cambio sistémico

“Se tiene que poner feo antes de ponerse bonito”, es posible que le diga un albañil cuando comienza el duro proceso de demoler techos, desconchar paredes, desnudar y revestir arquitrabes, “destruir” y reconstruir una casa para que recupere estética y valor. Si usted tiene “conciencia patrimonial”, en una de esas grandes casas de los años veinte o treinta el proceso será más traumático –económica, física, logística, humanamente–, pero el resultado compensará los trabajos y los muchos días. Es una oportunidad de futuro.

A menudo pienso en esa frase, que una vez escuché, cuando leo las noticias y análisis diarios sobre la COVID-19 (disrupción social y económica, restricciones, distanciamiento y separación, cuarentenas, cierres de fronteras y de establecimientos de ocio y servicios, saturación hospitalaria, presupuestos familiares y sistemas nerviosos en quiebra…). Para salir de la crisis, antes “se ha tenido y se tendrá aún que poner feo”.

Igual sucede con la crisis climática y ambiental que vive el planeta, de la cual es parte la pandemia de los últimos cinco o seis meses. Se tendrá que poner “feo” antes si queremos tener la oportunidad de que vuelva a ser “bonito” este mundo o de que, al menos, mantenga el ya afectado equilibrio y la disminuida salud de sus sistemas naturales y –vía modos de vida y productivos más sostenibles– tengamos el chance de parar el deterioro e iniciar una lenta recuperación.

Si no se pone “feo” en el corto plazo (si no se actúa, si no hacemos el esfuerzo, si no salimos de nuestra zona de confort y nuestra burbuja social y tecnológica y asumimos el apremio, si no modificamos drásticamente enfoques y modos de consumo, rutinas y matrices de producción material y generación de energía, esquemas y concepciones de crecimiento económico y mercado, formas de relación con la naturaleza… un largo etcétera que implicaría que nuestro estilo de vida como individuos y sociedades sea muy diferente a lo que es hoy), puede ponerse “cada vez más feo” en el largo plazo.

Esas –“cada vez más feo”– son también palabras del albañil habanero que, en otras construcciones conceptuales, en otros escenarios, y relacionadas con la crisis climática y ambiental, han resonado por años en discursos, informes, alertas, advertencias y hasta ruegos –más perentorios cada año que pasa, hasta un clímax en 2019– de científicos, expertos, ambientalistas, estadistas, líderes mundiales como el secretario general de la ONU, António Guterres, o activistas como la adolescente sueca Greta Thunberg. Han sido cada vez más altos y claros desde hace nada menos que 30 años.

La COVID-19, la oportunidad y la posibilidad

Este Día Mundial del Medioambiente se celebra bajo el signo de la pandemia de COVID-19, una crisis como ninguna otra, a una escala totalmente global y sin precedentes en su alcance, que ha trastocado la vida en el planeta en tiempo récord y en todos los frentes: sanitario; económico, financiero y comercial; científico, humano y social, estatal y privado, desde los viajes y la comunicación a lo psicológico y el ámbito familiar.

Cuando habían pasado semanas desde el inicio de la pandemia, en medio del parón económico –flota aérea mundial en tierra, fronteras cerradas y viajes suspendidos, carreteras vacías, ciudades detenidas y menor actividad industrial–, imágenes satelitales mostraban un descenso de la contaminación del aire y las emisiones a escala mundial.

Ciudades cuyos habitantes se han habituado al smog pudieron apreciar cielos más limpios, fueron noticia los canales de Venecia transparentes y llenos de peces apreciables a simple vista, playas y costas limpias en distintos puntos del planeta, el regreso de la vida silvestre a poblados y suburbios de grandes urbes… Un alentador escenario temporal en medio del trágico escenario de muerte, enfermedad y disrupción por la COVID-19.

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