El poder de las calles en América Latina

América Latina está enojada de mil maneras, y no debería ser sorpresa. Colombia se convirtió en el último país de la región en manifestar su inconformismo en las calles luego de registrarse protestas masivas contra los gobiernos en Chile, Ecuador, Venezuela, Brasil, Argentina, Perú, Bolivia e incluso México y Uruguay.

Pero para encontrar una explicación a ese ciclón que sacude al continente por estos días y a sus efectos sobre la sociedad es necesario un análisis no solo político o económico, como se ha venido haciendo, sino también histórico, sociológico e incluso mental, pues estos estallidos, aunque parezcan nuevos a los ojos de muchos, no lo son.

El año pasado, por ejemplo, se cumplió un siglo del Movimiento de Reforma Universitaria en Córdoba, Argentina, que dio origen al activismo estudiantil y fue importante para futuros levantamientos, como el de mayo de 1968 en Francia. Pero estos procesos se remontan incluso hasta el origen de las naciones latinoamericanas.

“América Latina ha sido un continente lleno de movimientos. Somos libres gracias a procesos revolucionarios de acción colectiva, porque todas las campañas independentistas fueron movimientos sociales, así que nuestras democracias nacieron gracias un activismo y la coordinación de unos líderes que llevaron a que la gente tomara acciones y dejara su posición pasiva. Los movimientos indígenas fueron muy importantes, así como los movimientos en pro de la democracia que llevaron a derrocar dictaduras en países como Argentina, Chile o Brasil”, indicó Carlos Charry, sociólogo y profesor de la Universidad del Rosario, a la Radio Nacional.

La historia latinoamericana está cargada de acciones y movimientos sociales, y no es necesario devolverse a la época independentista o a los inicios del siglo XX para reconocerlo. Entre finales de la década de 1980 y comienzos del nuevo milenio se registraron los que son quizá los levantamientos más reconocidos de la historia moderna en la región.

Según el sociólogo mexicano Carlos Figueroa Ibarra, el primero de los estallidos de finales del siglo pasado parece ser el Caracazo, el 27 y el 28 de febrero de 1989, en Venezuela. El siguiente momento notable vino en enero de 1994, con el alzamiento zapatista en Chiapas, México.

Luego de esto llegó una seguidilla de momentos clave comenzando con la Guerra del Agua en Bolivia que se llevó a cabo en abril de 2000, acompañada de la Marcha de los Cuatro Suyos, el 26 de julio, en Perú y más tarde con el popular Argentinazo, el 19 de diciembre de 2001. Estos episodios de protesta popular concluyeron con el ciclo de luchas encabezadas por la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (Conaie) y el movimiento Pachakutik en 2005. Pero, ¿a qué se debe esta continua movilización social y qué efectos tiene?

“El factor común de estas movilizaciones es el agotamiento de los sistemas políticos. Los sistemas de partidos no están logrando ser un núcleo de representatividad popular. Las marchas son una reclamación por una democracia más justa y por un Estado que preste servicios reales a la ciudadanía y tenga una mayor presencia, ya que el modelo actual es ineficiente y precariza a la población”.

Los movimientos sociales tienen un papel crucial en la expresión de voluntad de transformación de la región, una que continúa siendo altamente desigual. Las tensiones que se viven hoy tampoco son nuevas.

Los reclamos de la sociedad hacen parte del núcleo del conflicto social que se vive desde hace décadas e incluso siglos, tales como la pobreza, la desigualdad, la precariedad de servicios básicos y la falta de participación. Aunque en la mayoría de los casos las naciones han tenido avances económicos, la nueva clase media latinoamericana, que surgió en las últimas dos décadas, es todavía frágil y se siente amenazada de volver a la pobreza. Además, como respuesta a los reclamos frente a reformas económicas en medio del estancamiento de la región, la sociedad se ha visto enfrentada a escenarios de represión extrema por parte del Estado, como en décadas pasadas, y también se ha hecho más evidente el abandono del gobierno en sectores claves como salud y educación.

Todo esto refleja cómo, a pesar de los intentos de democratización, la mayor parte de la sociedad continúa siendo excluida de la toma de decisiones y del desarrollo económico.

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